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El final de los Romanov: asesinato de los últimos zares de Rusia

Esta Noticia fue originalmente compartida en SutesUaem Prensa Educativa

Fuente: National Geographic

https://www.nationalgeographic.com.es/medio/2018/10/11/01-hijos-zar-nicolas-romanov_88f33ef3_1280x683.jpg

La revolución llegó a Rusia en febrero de 1917, y un mes después Nicolás II, emperador y autócrata de todas las Rusias, abdicó y se convirtió en Nicolás Romanov, a secas. Ocho meses más tarde, los bolcheviques se adueñaron del poder y la familia real quedó bajo su custodia hasta la sangrienta noche de julio de 1918 en que todos sus miembros fueron asesinados, víctimas de un destino que se habían resistido a ver venir.

Nicolás Romanov, el zar indeciso

Puede que la abdicación fuese un alivio para Nicolás, que ocupó el trono en 1894, después de la muerte de su padre, Alejandro III. Descrito como un hombre limitado y falto de imaginación, no poseía las aptitudes ni el temperamento necesarios para gobernar en tiempos tan turbulentos. Era un indeciso crónico, y solía aplazar hasta el último momento la emisión de las órdenes que debía dictar para después repetir el último consejo que había recibido. Un chiste que circulaba por San Petersburgo decía que las dos personas más poderosas de Rusia eran el zar y la última persona que había hablado con él, por lo fácil que era hacerle cambiar de opinión. No era un gobernante progresista, y creía en su derecho divino a reinar, una visión que su esposa Alejandra compartía. La Ojrana –su policía secreta, una organización asesina y terrorífica– operaba con impunidad.

Como líder, Nicolás gozó de pocos éxitos. De 1904 a 1905 libró y perdió una guerra contra Japón cuyo resultado hizo que su régimen perdiese prestigio tanto en Rusia como en el extranjero. En 1905, una revuelta interna hizo que Nicolás accediese –a regañadientes– a crear la Duma, un cuerpo legislativo electo. Antes de que se celebrase su primera sesión, el zar limitó los poderes de la cámara en un intento de aferrarse a su propio poder político. Cuando en 1914 estalló la primera guerra mundial, Nicolás condujo a sus súbditos a un conflicto que pondría al límite los recursos del país y costaría millones de vidas. A pesar de todo, cerró los ojos a su creciente impopularidad, con el convencimiento de, en realidad, el pueblo lo quería. Pero su pueblo tenía una opinión muy distinta: lo apodó “Nicolás el Sanguinario”.

Romanov, una familia vulnerable

De puertas adentro, Nicolás era un hombre familiar. Adoraba a su esposa Alejandra, y ella lo adoraba a él. Fueron afortunados, puesto que en aquellos años la regla general era que los reyes contrajeran matrimonio por conveniencia dinástica y no por amor. Se casaron en 1894 y tuvieron cuatro hijas seguidas: Olga, Tatiana, María y Anastasia. Alexei, su anhelado hijo y heredero, fue su último descendiente, nacido en 1904. Según todas las fuentes, los Romanov eran una familia unida y feliz.

Alemana de nacimiento y nieta de la reina Victoria del Reino Unido, Alejandra poseía un carácter más fuerte que el de su esposo. Su introvertida y distante forma de ser la alejó del pueblo ruso, que la veía como una extraña. A diferencia de su marido, Alejandra era consciente de que era impopular, lo cual hizo que se volviera altamente sensible, controladora y paranoica. En una ocasión, Sigmund Freud observó que las familias tienden a organizarse alrededor de su miembro más desfavorecido. Para los Romanov, esa persona podría haber sido Alejandra. Su temperamento nervioso le aseguraba la atención y preocupación constantes de su esposo y sus hijas. La gran duquesa mayor, Olga, y la más joven, Anastasia, se llevaban cinco años de diferencia; Alejandra dependía de todas ellas y las mantenía siempre cerca.

Toda la familia, especialmente Alejandra, mimaba al pequeño Alexei, un niño dulce y algo travieso. El heredero del trono había nacido con hemofilia, una enfermedad que le fue transmitida por vía materna. Su salud se convirtió en la mayor prioridad de sus vidas. Casi cualquier actividad comportaba el riesgo de que Alexei se golpease o cortase y sufriese catastróficos episodios de sangrado interno o externo. Alejandra dormía junto a él, en el suelo, durante las semanas que duraba su recuperación. En una época en que los padres de clases altas cultivaban una relación distante con sus hijos, la dependencia física de Alexei creó un estrecho vínculo entre sus progenitores.

Esto también los hacía vulnerables. Cuando llegaba alguien que podía explotar esa vulnerabilidad, caían rendidos ante él. Grigori Rasputín, nacido en el oeste de Siberia, era un autoproclamado hombre santo. Tenía una reputación ambigua, debido a su comportamiento promiscuo, sus poderes sanadores y su capacidad de predecir el futuro. No está claro si era un charlatán o si realmente creía que gozaba de poderes sobrenaturales. Lo cierto es que los Romanov creían ciegamente en Rasputín, y él ejerció una poderosa influencia sobre la familia real, en especial sobre Alejandra.

Rasputín y los Romanov

Cuando Rasputín conoció a los Romanov en 1905, la zarina estaba desesperada. Aquel año, la revolución había estado a punto de derrocar a la monarquía. El nacimiento de Alexei en 1904 les había dado el heredero que tanto habían esperado, pero su hemofilia no sólo era una tragedia personal, sino también una amenaza para el futuro de la dinastía. Esta situación de crisis política y agonía materna permitió a Rasputín introducirse en la familia. En 1908, Alexei sufrió un serio episodio de sangrado y Rasputín consiguió aliviar su dolor. Según se dice, el místico advirtió a Nicolás y Alejandra de que la salud de su hijo estaba vinculada a la fortaleza de la dinastía. La capacidad de Rasputín de cuidar de la salud del niño le aseguró un lugar en palacio y el poder de influir en el zar a través de Alejandra.

Puede que la relación entre Rasputín y los Romanov ayudase al zarévich, pero también hundió la reputación de Alejandra y la distanció aún más del pueblo. Comenzaron a circular rumores que apuntaban a que Rasputín había seducido a la zarina. Aunque es casi seguro que no fue así, sí es cierto que Rasputín tuvo aventuras con mujeres del entorno de los zares. Nicolás ignoró las peticiones de apartar a Rasputín de la corte, lo que alimentó la ira de su gente. Su deseo de mantener felices a su esposa y a su hijo hizo que rechazara alejar la amenaza que representaba Rasputín.

Revolución y cautiverio de los Romanov

En septiembre de 1915, en plena guerra, Nicolás II viajó al frente para asumir en persona el mando de las fuerzas rusas. La zarina atendió los asuntos internos, y la influencia de Rasputín sobre ella condujo al nombramiento de ministros incompetentes. Las derrotas en el frente y la conducta de Rasputín hicieron que el pueblo ruso se volviese contra el zar y su familia. El momento de la revolución había llegado. Para los bolcheviques, que se hicieron con el poder en noviembre de 1917, los Romanov se convirtieron en un dolor de cabeza. Unos querían mandarlos al exilio, otros querían que fuesen juzgados por los crímenes que les atribuían, y algunos querían que desapareciesen para siempre, puesto que si seguían vivos constituirían un símbolo del movimiento monárquico.

Al principio, la familia quedó recluida en el palacio Alexander, en Tsárskoye Seló, a una treintena de kilómetros de San Petersburgo. Más tarde, y por razones de seguridad, fueron enviados a Tobolsk, al este de los Urales. Allí no los trataron mal, e incluso pareció que Nicolás gozaba con su cambio de fortuna. Disfrutaba del aire libre y de la vida rural, y no echaba de menos el estrés de ser el zar de Rusia. La familia retuvo una generosa plantilla de sirvientes: 39 en total. Conservaron muchas de sus posesiones personales, incluyendo los álbumes de fotografías familiares encuadernados en cuero que con tanto cariño atesoraban.

En esta primera época de su cautiverio, todavía era posible soñar con un final feliz. Quizá podrían llegar a Inglaterra y exiliarse allí junto al rey Jorge V, primo del zar. O, mejor aún, quizá les permitirían retirarse a su residencia de Crimea, donde tantos veranos felices habían pasado. No entendían que, poco a poco, cada vía de escape se iba cerrando, hasta que sólo quedó una salida, la peor: Ekaterimburgo, adonde fueron llevados aduciendo que una conjura monárquica podía facilitar su huida de Tobolsk.

Firmemente comunista y fanáticamente antizarista, Ekaterimburgo era la ciudad más radicalizada de Rusia. “Iría a cualquier sitio, excepto a los Urales”, se dice que afirmó Nicolás mientras el tren lo transportaba hacia su residencia final. La familia se instaló en un gran edificio conocido como la casa Ipatiev por el apellido de su anterior propietario. Se construyó una alta cerca de madera para separarla del mundo exterior; dentro, los Romanov disponían de un jardín para hacer ejercicio. El hombre que estaba al mando, Avdeev, era corrupto (sus hombres robaban a los Romanov sin disimulo), pero no cruel. Los guardias eran hombres corrientes, reclutados en fábricas locales. Con el tiempo, los Romanov llegaron a familiarizarse y hasta a hacerse amigos de sus guardianes.

El hombre que estaba al mando, Avdeev, era corrupto (sus hombres robaban a los Romanov sin disimulo), pero no cruel

Esta situación no duró mucho. Los bolcheviques locales sustituyeron a Avdeev por Yakov Yurovsky, el hombre que planearía su asesinato. Acabó con los hurtos menores que su predecesor había dejado pasar, pero instituyó un régimen mucho más duro y reclutó guardias más estrictos y disciplinados. Mantuvo una relación distante, pero profesional con Nicolás y Alejandra, incluso cuando preparó sus muertes. Hasta parecía que le caía bien a Nicolás (quien, una vez más, se equivocaba).

La agonía final de la familia Romanov

Los últimos civiles que vieron a los Romanov con vida fueron cuatro mujeres de la ciudad a las que habían llevado a limpiar la casa Ipatiev. Mariya Starodumova, Evdokiya Semenova, Varvara Dryagina y una cuarta mujer sin identificar aliviaron algo el aburrimiento de la familia en su reclusión, y les ofrecieron un último contacto con el exterior.

El testimonio de estas mujeres ha proporcionado el retrato más penetrante y humano de aquella familia condenada a un destino fatal. Aunque les habían prohibido hablar con los Romanov, las limpiadoras tuvieron la oportunidad de observarlos de cerca. Les sorprendió el contraste entre las historias sobre la arrogancia de la familia que la propaganda antizarista había difundido y las personas sencillas con que se encontraron. Las grandes duquesas eran chicas normales. Para Evdokiya Semenova, el pobre y frágil Alexei parecía la personificación del sufrimiento del enfermo. Como muchas otras personas antes que ella, Semenova quedó especialmente impactada por sus ojos dulces e infantiles, que según ella parecían llenos de tristeza.

Los Romanov iban a ser asesinados porque eran el símbolo supremo de la autocracia

La familia estaba encantada de poder disfrutar de esta distracción. Las hermanas se ofrecieron a ayudar a fregar los suelos, aprovechando la oportunidad para hablar con las limpiadoras, desafiando las reglas de la casa. Semenova consiguió dirigir unas pocas palabras amables a Alejandra. Una de las escenas que tanto Semenova como Starodumova recuerdan con gran claridad es la de Yurovsky sentándose junto al zarévich e interesándose por la salud del niño. Una rara escena de cordialidad y compasión que, vista en retrospectiva, resulta siniestra porque Yurovsky sabía que, en poco tiempo, él sería el ejecutor de esa criatura enferma de 13 años. La visita a la casa Ipatiev causó una profunda impresión en las cuatro mujeres. Los Romanov iban a ser asesinados porque eran el símbolo supremo de la autocracia. Pero, en Ekaterimburgo, los bolcheviques los habían convertido en lo contrario a aristócratas. En palabras de Evdokiya Semenova, “no eran dioses. En realidad, eran gente normal como nosotras. Simples mortales”.

En la noche del 16 de julio se envió un telegrama a Moscú que informaba a Lenin de la decisión de acabar con los prisioneros. Levantaron a la familia y a tres sirvientes de sus camas a la una y media de la madrugada, y Yurovsky les informó de que los enfrentamientos entre las fuerzas bolcheviques y las contrarrevolucionarias amenazaban la ciudad, y que, por su propia seguridad, debían bajar al sótano.

Cargando al zarévich en brazos, Nicolás, su familia y los cuatro sirvientes que les quedaban –el médico de la familia, Eugene Botkin; Anna Demidova, doncella de la emperatriz; el cocinero Iván Kharitonov, y el criado Alexei Trupp– bajaron al sótano. Reunidos en una habitación pequeña y vacía, aún no parecían ser conscientes de su destino. Se colocaron sillas para Alejandra y Nicolás, mientras el resto aguardaba en pie. Yurovsky se les acercó. Con los verdugos tras él, en la entrada, leyó a los estupefactos prisioneros una declaración: “La Dirección General del Soviet Regional, satisfaciendo la voluntad de la revolución, ha decretado que el antiguo zar Nicolás Romanov, culpable de incontables crímenes sangrientos contra el pueblo, debe ser fusilado”.

“La Dirección General del Soviet Regional ha decretado que el antiguo zar Nicolás Romanov debe ser fusilado”

Cuando terminó, comenzaron a disparar a la familia. Los testimonios discrepan entre sí, pero la mayoría afirma que el zar era el objetivo principal, y que murió a causa de varios disparos. La zarina pereció después de que una bala le alcanzara la cabeza. La disciplina de los asesinos se desvaneció a medida que el humo de la pólvora inundaba la sala. Las grandes duquesas parecían ilesas, ya que las joyas que habían escondido en sus corpiños pudieron actuar como escudo durante el ataque inicial (Demidova había bajado al sótano con una almohada en la que también había joyas). Uno de los asesinos –un borracho llamado Ermakov– perdió el control por completo y empezó a acuchillar a los Romanov con una bayoneta. Tras veinte minutos de horror, de disparos, apuñalamientos y golpes, la familia y sus sirvientes estaban muertos.

Los once cuerpos fueron cargados en un camión. El proceso de deshacerse de los restos fue caótico. Se cree que primero los dejaron en una mina poco profunda llamada Gánina Yama, que los bolcheviques intentaron volar con granadas, pero el pozo quedó intacto y retiraron los cuerpos rápidamente. De camino a la nueva sepultura, el camión quedó atrapado en el fango. Entonces sacaron dos de los cuerpos –hoy se cree que eran los de Alexei y María– y se deshicieron de ellos en el bosque. Los otros nueve cuerpos se empaparon en ácido, se quemaron y se enterraron en una fosa no muy lejos de allí.

La verdad sale a la luz

Poco después de que los bolcheviques anunciasen la muerte de Nicolás II, aseguraron que Alejandra y Alexei estaban vivos en algún lugar seguro. Las muertes no se confirmaron oficialmente hasta 1926, e incluso entonces las autoridades soviéticas se negaron a asumir la responsabilidad de la ejecución. En 1938, Stalin prohibió cualquier debate sobre el destino de la familia, y la casa Ipatiev fue demolida en 1977.

En 1979 se encontraron unas tumbas cerca de Ekaterimburgo, pero el hallazgo se mantuvo en secreto hasta después de la caída de la URSS

En 1979, un par de historiadores aficionados encontraron unas tumbas cerca de Ekaterimburgo, pero el hallazgo se mantuvo en secreto hasta después de la caída de la Unión Soviética. Entonces, en 1991, se exhumaron los restos de nueve personas, que después se analizaron y se identificaron como Nicolás, Alejandra, Olga, Tatiana, Anastasia y sus cuatro sirvientes. En 1998, los restos de la familia fueron enterrados en San Petersburgo, en la catedral de San Pedro y San Pablo, el lugar de sepultura tradicional de los zares. En el año 2000, la Iglesia rusa ortodoxa canonizó a Nicolás, Alejandra y sus cinco hijos como “portadores de la pasión”, y en Gánina Yama (el primer lugar donde los bolcheviques intentaron deshacerse de los cadáveres) la Iglesia ortodoxa rusa levantó un monasterio; en 2003 se consagró la Iglesia de la Sangre Derramada en Ekaterimburgo, en el lugar que antaño había ocupado la casa Ipatiev. Por último, en 2007 se hallaron los restos de Alexei y María, que se identificaron gracias al análisis de su ADN.

Se dice que las familias cuyos miembros están muy unidos a veces se aíslan del mundo exterior, y ese fue el caso de los Romanov. Su ensimismamiento les impidió percibir el peligro que les acechaba, pero su amor los fortaleció y el hecho de estar juntos hizo más llevadero su cautiverio hasta su terrible final.



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